🔭 Futuros al día #04
Si pienso en películas o series ambientadas en el futuro, me vienen enseguida imágenes bastante poco apetecibles.






Colapso climático. Vigilancia extrema. Inteligencias artificiales fuera de control. Ciudades degradadas. Autoritarismo. Pandemias. Escasez.
Me cuesta bastante recordar alguna serie o película que plantee futuros positivos que resulten igual de creíbles. E incluso cuando estás viendo uno de esos futuros, estás esperando ese quiebre de guión en el que el bueno el realmente el malo, en el que llega un Tsunami o en el que todo se va al garete.
Y lo entiendo, de verdad. Yo mismo no creo que quisiera ir al cine o pasar una hora de mi vida viendo una peli de un futuro en el que todo es maravilloso. No obstante, me puedo hacer un maratón de Matrix tan contento y feliz.
Y no parece ser solo una impresión personal.
Un estudio reciente de Laure y Laurent Kloetzer (Instant Futures: an experimental study of the imagination of alternative near futures thanks to science fiction), basado en un ejercicio de imaginación de futuros próximos (30 años) con estudiantes, encontró una asimetría entre la construcción de futuros indeseables y deseables. Los autores observaron además una carencia de recursos culturales y de ficción para imaginar futuros positivos con detalle. Incluso terminan planteando que necesitamos más ficciones positivas que amplíen nuestro repertorio colectivo de futuros deseables.
Eso me hizo pensar en si estamos entrenando más nuestra imaginación para temer el futuro que para construirlo.
No es solo que seamos pesimistas
Sería tentador explicarlo todo con el famoso sesgo de negatividad. Y algo hay.
Existe evidencia de que, en promedio, reaccionamos con mayor intensidad ante información negativa. Un estudio realizado con más de mil participantes de 17 países encontró una mayor activación fisiológica ante noticias negativas que ante noticias positivas (Cross-national evidence of a negativity bias in psychophysiological reactions to news del NIH Americano)
No es que no podamos desear un futuro mejor. Quizá nos falten imágenes suficientemente concretas para imaginarlo.
Fred Polak y las imágenes del futuro
Polak fue uno de los autores fundamentales en el desarrollo de los estudios de futuros y dedicó buena parte de su trabajo a analizar las imágenes del futuro que construyen las sociedades. En Tiempo de futuros, David Alayón recoge una de sus afirmaciones más conocidas:
«El auge y la caída de las imágenes del futuro preceden o acompañan el auge y la caída de las culturas.»
Polak sostenía que mientras una sociedad mantuviera imágenes positivas y vitales de su futuro, conservaría también capacidad de transformación. Cuando esas imágenes se deterioraban, la cultura tendía a perder esa vitalidad.
Conviene hacer una precisión: esto es una tesis de Polak, no una ley histórica demostrada. Investigaciones posteriores siguen tratándola como una idea central e influyente dentro de Futures Studies, pero también como una hipótesis que merece ser discutida, no aceptada automáticamente.
Aun así, a mí me resulta muy difícil ignorarla.
¿Tenemos alguna responsabilidad sobre las imágenes que construimos?
Aquí entro ya en una posición personal. Yo decido creer que nuestra actitud, nuestras expectativas y nuestras decisiones influyen en el futuro que contribuimos a crear.
No significa pensar que todo irá bien, Ni negar riesgos, Ni pintar futuros perfectos.
De hecho, para mí la frontera entre un futuro optimista y uno ingenuo no está en lo ambicioso de lo que imaginamos, sino en cómo planteamos llegar hasta allí.
Un futuro puede ser enormemente optimista y seguir siendo responsable si somos capaces de hablar de resistencias, renuncias, cambios culturales, comportamientos que deberán modificarse y costes que tendremos que asumir.
Lo ingenuo sería imaginar que ese futuro aparecerá solo.
Por eso cada vez me interesa más la idea de considerar el optimismo como una obligación ética.
No como optimismo vacío. Sino como responsabilidad de no alimentar únicamente imágenes de deterioro cuando trabajamos con futuros.
Quizá una oficina de futuros no tenga únicamente la responsabilidad de detectar amenazas y preparar a una organización para lo que puede salir mal. Quizá también tenga que ayudar a construir imágenes creíbles de futuros que merezca la pena intentar alcanzar.
No eliminar el pesimismo, equilibrarlo
Tampoco creo que la solución sea prohibir las distopías, sería absurdo y muy costoso en cuanto a energía invertida en ir en contra de algo que es parte de nuestra naturaleza. Los futuros negativos nos ayudan a identificar riesgos, límites y consecuencias que quizá no queremos experimentar.
De hecho, muchas veces salen primero precisamente porque son fáciles de imaginar.
¿Y entonces qué hacemos?
Prohibirlo no, pero igual sí tener la intención de equilibrar la balanza. Dar al menos el mismo espacio a imaginar futuros constructivos.
Si dedicamos veinte minutos a describir lo que puede salir mal, dedicar otros veinte a explorar qué tendría que pasar para que algo salga mucho mejor. No para compensar artificialmente, sino para ampliar el espacio de posibilidades.
Y cuando aparezca alguien diciendo:
—Eso es poco realista.
Quizá no tengamos que discutir. Podemos simplemente recordar al grupo para qué estamos allí. Si el presente ya fuera suficientemente bueno, probablemente no estaríamos intentando imaginar alternativas.
Y entonces devolver la pregunta:
¿qué tendría que ocurrir para que ese futuro fuera más realista?
Ahí es donde yo elijo creer que el escepticismo deja de ser un freno y empieza a aportarnos condiciones, límites y decisiones necesarias.
Dos preguntas incómodas
Cuando me pongo a diseñar un taller o una formación, antes de montar la agenda, muchas veces pienso en qué preguntas quiero que se haga la gente o a qué preguntas quiero que responda. Quizá, en esta ocasión, todo esto de lo que he escrito, pueda reducirse a dos preguntas
La primera:
¿Creemos que el futuro será mejor o peor que el presente?
Y la segunda, para mí todavía más importante:
¿Sentimos que podemos influir en él?
Benedikt Groß y Eileen Mandir recuerdan que cada persona construye en su cabeza una imagen subjetiva del futuro, formada por experiencias, valores e ideas. En Futures Studies, esa idea conecta precisamente con el trabajo de Polak sobre las Images of the Future.
La combinación de esas dos respuestas importa mucho. Porque no es lo mismo pensar que el futuro será peor y sentir que no podemos hacer nada, que pensar que puede ser peor y, aun así, sentir que podemos intervenir.
Quizá ahí esté una de las diferencias entre parálisis y agencia.
Y también una buena razón para tomarnos en serio las imágenes del futuro que cultivamos.
No porque imaginar algo positivo vaya a conseguir que ocurra, sino porque es difícil construir un futuro que ni siquiera somos capaces de imaginar.
Fuentes
- Fred Polak, The Image of the Future. Referencia fundacional sobre el papel de las imágenes colectivas del futuro en la evolución cultural. Su tesis es influyente, pero conviene tratarla como hipótesis interpretativa, no como ley causal.
- David Alayón, Tiempo de futuros. Punto de partida para la introducción de Polak y su idea sobre la relación entre imágenes del futuro y vitalidad cultural.
- Laure Kloetzer y Laurent Kloetzer, Instant Futures (2025). Estudia cómo construimos futuros deseables e indeseables y señala la falta de recursos culturales para imaginar futuros positivos concretos.

